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sábado, 19 de enero de 2013

EL MANDAMIENTO DEL AMOR

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Matilde Kuell llevaba la rabia contenida en los ojos que a diario ensayaban miradas dulces para granjearse la simpatía de los vecinos.
Su juventud había pertenecido a un hombre del que todavía guardaba su sabor, y lo más importante, un hijo al que a veces miraba con desdén.
Matilde, soberana, caprichosa, vengativa, estaba cercada por las emociones pornográficas que desfilaban por su interior, cultivadas en ambientes desesperados.
La insatisfacción la había convertido en un ser vulnerable, descreido.
Cuando se emborrachaba, gritaba sus penas y corría despavorida buscando el mar que la vio nacer.
Matilde nació en un barco que no navegaba, sino que se mecía al ritmo de las olas. Supo del amor en un barco que dejó de navegar para mecerse al compás de los jadeos amorosos.
Parió a su hijo en un barco que encalló cuando tuvo las primeras contracciones.
Los acontecimientos importantes los había vivido en la mar, llena de vaivenes como Matilde.
Kuell, como la llamaba a veces su abuelo porque le parecía mas dulce, perseguía una meta, ser rica en posesiones materiales, obviando todo atisbo de sentimientos puros.
En una de sus iracundas borracheras decidió quedarse  esperando  a las olas y ver si la encallaban o la llevaban mar adentro como a una recién casada virgen para que aliviara sus deseos con gritos y suspiros de pasión.
Kuell quedó flotando entre el cielo y la mar, con los pechos rozando la superficie, los ojos cerrados y el triángulo de sus muslos amordazado por el frio del ir y venir de las olas que poco a poco la fueron empujando hasta la orilla.
¡Kuell! gritó el abuelo, agitado, nervioso, ansioso por saber lo que había sucedido.
Matilde abrió los ojos, hinchados por la sal, desorbitados, el rictus agrio en los labios, los músculos contenidos. Empezó a gritar para vomitar la rabia, la venganza, acumuladas durante tanto tiempo.
¡Kuell! volvió a gritar el abuelo. ¿Quién eres?. ¿En quién te has convertido?. ¿Por qué?. ¿Para qué?...
Matilde lo miraba incrédula, amenazante, silenciosa. Sus muslos adormecidos fueron abriéndose al calor de la arena, por primera vez escuchó el clamor de su alma para que la sacara de la cárcel y pudo experimentar la relación universal de amor con los demás seres vivos.

viernes, 11 de enero de 2013

CAÑA DE AZÚCAR

Genoveva Llanos estudiaba Medicina, en la cabecera de la cama tenía un esqueleto. Cuando por las noches no podía dormir, estiraba las manos y a tientas nombraba los huesos y los músculos, así fue como aprendió a desarrollar su intuición.
Genoveva era ancha, rotunda, de estatura baja, la piel morena, los ojos húmedos y profundos con ese brillo especial que le incitaba a ver mas allá. La sonrisa perfecta con un ápice de ironía que la hacía divertida pero observadora.
Le gustaba vivir de noche, estudiar de noche, divertirse de noche.
Se dio cuenta que su intuición iba en aumento cuando miró fijamente a la espalda de un hombre que le gustaba. Él se volvió y se encontró con los ojos de Genoveva.
Estudió el tarot antropológico para ayudar a los pacientes en un futuro, mientras tanto solventaba las cuotas universitarias con sesiones de tarot convencional que sus amigos y vecinos le pagaban.
A Genoveva le gustaba ir al campo de madrugada y oir el zig-zag de los machetes cuando los hombres trabajaban escondidos acechando  a las cañas de azúcar maduras, ya.
Su figura redonda y morena se movía con soltura por las calles verdes de los cañaverales hasta llegar al límite de aquella tierra fragante por los cítricos y el dulzor de las cañas. En aquel lugar al que sólo ella sabía llegar, se desnudaba, purificaba su cuerpo con la tierra y luego lo secaba poco a poco con el sol naciente, espléndido, virginal.
De regreso, caminaba despacio, descalza, a ratos cabizbaja componiendo libertades en su interior. Al paso de una Ermita, descansaba y le confiaba a la Virgen allí presente sus ansias. Se lavaba las manos con agua bendita y se hacía la señal de la cruz.
Genoveva deseaba casarse con un vestido blanco y verde, adornar la Ermita con hojas de caña y que al salir le lanzaran azúcar, en vez de arroz o pétalos de rosas, así su matrimonio tendría asegurada la dulzura de la felicidad.
Agarrada a sus pensamientos iba, cuando sus ojos empezaron a destilar intuición pasional que consistía en fijar la mirada en un punto de la lejanía entre las nubes blancas y la escarcha del amanecer. Oía firmes pisadas en la tierra oscura, caminaba como loca en busca de las huellas que se le acercaban en medio del dulzor pegajoso del azúcar, en medio de la nube gris y negra que dibujaban los trapiches. Genoveva seguía el ritmo del sonido de los machetes con la mirada puesta en el infinito de aquel paisaje acaparador, único, convirtiéndola en la mujer que realmente era, decidida, inteligente, llena de erotismo, convencida del poder de su intuición.
Lo esbelto de los cañaverales, el sonido de los machetes iban quedando atrás, lejanos, cuando vio a aquel hombre embutido en un traje azul rústico, sucio, botas para el agua hasta las rodillas, un pasamontañas que dejaba ver unos ojos del color de la melaza, las manos cubiertas por guantes impenetrables y ese olor corporal indefinido.
Genoveva LLanos abrió los brazos en señal de bienvenida.
¡Si!, sería médico, investigaría sobre el tarot antropológico, pero lo más grande sería casarse en la Ermita inundada de amor y azúcar.

domingo, 6 de enero de 2013

LA OVEJA DE PELUCHE QUE BALABA


María Stampa  llegó a la nueva ciudad, huyendo de una vida monótona, y de sus propias mentiras, de los "no sé que hacer" que mencionaba tanto. Su preciado equipaje, un hijo, una maleta y la creencia de que viviría de vacaciones así porque si.
Durante unos días la euforia la agasajaba, pero la realidad le pisaba los talones, se la comía a bocados.
Cuando mentía, la piel de la cara se le escamaba y sus ojos oscuros se ponían amarillos. Casi nadie se daba cuenta, sólo una  pequeña oveja blanca de peluche que dejaba de balar porque las pilas se le agotaban al compás de las mentiras de María.
Una vez mintió tanto que no pudo mirar al sol durante días y su oveja de peluche se negaba a reproducir el balido metálico aún con pilas nuevas. María continuaba mintiendo. El victimismo la amenazaba con ferocidad, -no puedo, no puedo- repetía sin cesar.
Una mañana no se levantó porque las mentiras le aplastaban el pecho de tal manera que la respiración se le volvió entrecortada, revolvía las piernas entre las sábanas , quiso gritar, la piel de la cara le crujía, las pestañas le quedaron inmóviles, pegadas cerca de las cejas, redondeando las ojeras.
Los pensamientos merodeaban por su mente, ¿A quién llamaría?, ¿Gritaría?, ¿Se arrastraría hasta el baño?. Quizás mojándose todo se solucionaría.
Mientras tanto urdía una nueva coreografía de mentiras. Poco a poco sus pestañas fueron despegándose y pudo cerrar los ojos para pensar mejor. Pondría una Asesoría para aconsejar a mentir mejor y más. Daría cursos intensivos. Se dedicaría por entero al oficio de mentir.
Cuando María Stampa se miraba en el espejo tenía dudas si su apellido sería una mentira heredada porque sus ancestros eran conocidos por motes, por el oficio que tenían o por el defecto más sobresaliente. María se preguntaba si por los defectos familiares, a  su apellido le habían suprimido la E. 
La idea de asesorar con mentiras le atraía tanto que decidió que identificaría a los clientes con la pieza musical que más les gustara y fabricar las mentiras teniendo en cuenta la letra de cada composición musical. ¡Sería todo un éxito!
María se desdoblaba cuando mentía, un sudor denso resbalaba por su piel como un orgasmo de verdad. En cuestiones íntimas  no mentía.
Quería cambiar, pero no podía, las mentiras la llevaron a envejecer con premura, los ojos se volvían amarillos con más frecuencia, la piel le crujía con más fuerza, la oveja blanca de peluche ya no la acompañaba porque quedó muda para siempre debajo de una almohada.

martes, 1 de enero de 2013

LA VIRTUD DE ÁGUEDA

Águeda Gold pertenecía a una familia donde la creatividad y la libertad no estaban reñidas con el estricto protocolo al que la habían obligado a practicar desde niña, aunque ella como las letras que no pronunciaba al hablar se lo comía muchas veces.
Tenía la costumbre de lucir la piel maquillada desde que aprendió a hacerlo. De madrugada, se ponía colores brillantes en los párpados, y las mejillas, iguales a dos manzanas llenas de caramelo. Así se paseaba durante horas bebiendo y oliendo el sabor de la noche hasta que su piel quedaba tan fría como nunca antes la había sentido.
En el camino de vuelta, empezaba a quitarse la ropa, lo primero eran los calzones fascinantes y escuetos, lo hacía con vehemencia, con descaro y cuando estaban en el suelo los pisoteaba, los abandonaba  y empezaba a correr como loca por las calles húmedas y anchas dando brincos y haciendo volar la falda por encima de sus caderas que también abandonaba a la luz del primer farol que encontraba. Seguía corriendo, gritando, revolviéndose el pelo, tarareando alguna canción que aprendió en la escuela.
Una noche, cuando ponía en práctica toda su creatividad, observó a lo lejos una luz de la que caían chorros de resinas multicolor, apuró su paso más y más impulsada por la curiosidad, la luz se alejaba pero las resinas se quedaban  en el lugar. Cuando pudo llegar tocó los colores resinosos, gomosos, pero con cierta firmeza y decidió utilizarlo como percha, terminó de desnudarse, se mojó las manos con la humedad de la noche, se quitó el maquillaje.
Águeda volvió a su casa completamente desnuda, satisfecha, sorprendida, se pellizcó las mejillas y un aroma dulzón la devolvió a la realidad familiar.
Hasta la siguiente madrugada.