Páginas vistas en total

domingo, 25 de noviembre de 2012

YO

       
Liberto Tiveli tenía una especial manera de ser tanto para lo que se calificaba como bueno, como para lo que se dudaba si era malo.
Había empezado a tener experiencias sexuales muy joven, pero nunca había estado realmente enamorado. El apego que sentía por si mismo lo apartaba del verdadero sentimiento del amor.
Todos los días realizaba el camino hacia el trabajo arriba de un ciclomotor de los años sesenta, que él mismo había pintado y repintado de amarillo y verde y se las había ingeniado para colocarle un pequeño toldo que le resguardara del sol recalcitrante y de la enojosa lluvia. Y es que Liberto protestaba por todo, era superticioso hasta el punto de que no repetía modelo ni color de calzoncillos en un mes, porque según él sus proyectos no avanzaban. Otra manía era lavarse los pies antes de entrar en la casa, peinarse dando la espalda al espejo del baño para luego mirarse de cuerpo entero en el de la puerta de la cocina, donde había puesto uno de grandes dimensiones para que se reflejaran los alimentos, que según él decía, atraía la abundancia.
Liberto Tiveli, era aún joven para algunos quehaceres de la vida, pero la madurez, empezaba a asomar  su vaivén. Ensimismado en ese pensamiento, cruzó el jardín  tocando con las dos manos el único árbol de tronco grueso y añejo. Salió presuroso en su ciclomotor verde y amarillo, seguía cavilando en esa madurez... Otra vez con las superticiones. Paró el ciclomotor y empezó a correr por las calles vacías, su corazón latía con fuerza, debía hacer algo -pensó- no consentiría que esa madurez le alcanzara. Se rodearía de cosas bellas, sus amigos serían todos jóvenes, empezaría a leer cuentos para niños... El ego perseguía a Liberto de forma destructora.
Volvió a su casa desanimado, pero dispuesto a reflexionar. No sabía por donde empezar, se miró en el espejo de la cocina, las grandes zancadas tragaron los escalones que llevaban a la parte alta de la casa y en el espejo del baño se miró de frente abriendo los ojos y la boca al mismo tiempo, estiró los brazos, se miró de perfil y descubrió la nariz mas afilada y recordó que su abuela solía decir que cuando eso pasa, es que los siglos van cayendo encima. Liberto se horrorizó, empezó a hacer muecas...
La luz del día golpeó en su ventana, su compañera dormía, se levantó despacio, se miró en el espejo y se sintió feliz.

LLUVIA DE AMOR

Myspace Gráficos - Roses
Vuelve sobre tus pasos
delicada mía, recoge los pétalos
que la lluvia ha desprendido.
Vuelve sobre tus pasos
dulce mía y huele los pétalos
en el hueco de tu mano.

Recoge la fragancia
que la lluvia ha dejado.
Vuelve sobre tus pasos
hermosa mía y bebe cada gota
que el aire te va dando.
Yo te espero, aquí,
deshojando los segundos,
sobre el suelo húmedo, mojado.

domingo, 4 de noviembre de 2012

LA PAVA DEL MONTE


Adelita Yacuiba tenía los ojos del color de la amatista, serenos, chispeantes; no aguantaban mucho el sol. Su sombrero de colores le ayudaba a caminar con la cabeza baja mirando a la tierra marrón chocolate, mirando a la tierra húmeda como su piel.
Los días nublados, Adelita no llevaba sombrero porque sus ojos le iluminaban el sendero hacia las montañas, hacia el límite con el cielo, hacia la medianía con las nubes...
Adelita Yacuiba abría allí la cerradura de sus emociones, de sus sentimientos más grandes, de su amor por el mundo. Ese era su secreto. Solamente lo gritaba cuando sus ojos del color de la amatista resplandecían. Gritaba tan fuerte que casi se quedaba sin aire,  jadeando aceleradamente.
El eco de su grito rebotaba en el infinito y se hundía tierra abajo clamando amor, deseando justicia, aborreciendo la caridad, hermana de la falsa concordia agitada por los usurpadores del bien, los conquistadores de la codicia, los atropelladores de la sensibilidad humana, de las raíces, de los colores...
Adelita, allí arriba saboreaba trozos de cielo, lamía el suelo de la montaña, volvía a gritar y vomitaba su secreto al sembradío de nubes, a las celdas de la tierra...¡Amor! ¡Amor!, y bajaba henchida de luz, golosa de amor, y subía y bajaba...
La pava del monte la llamaban algunos cuando la veían cruzar corriendo con angustia, o mirando despacio aquí y allá, entreteniéndose con placer, dibujando a cada paso el eco de su luz...
¡Adelita! le gritaban burlándose. No hacía caso, seguía atenta a sus pasos, rauda para llegar a lo más alto de las montañas, donde la unión de la naturaleza era sublime. Trepaba las laderas con fascinación, con desespero, con esperanza. Impaciente. Ansiosa por volver a gritar su secreto, jadeante por sentirlo otra vez ir y venir entre las puertas celestes y las rejas estrechas. ¡Amor! ¡Amor! ¡Amor!
Adelita Yacuiba, la pava del monte, la de los ojos color de la amatista, la de la piel marrón chocolate y húmeda.