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domingo, 25 de diciembre de 2011

PROHIBICIÓN



Renato Ucía nunca se retiró demasiado lejos del lugar donde nació.
Necesita sentirse arraigado, le gusta saber que sus raíces pertenecen a un lugar en particular. A un lugar definido. No le entusiasma alejarse, tal vez porque no conoce con total seguridad  lo  que puede encontrar más allá.
No es fácil definir a Renato Ucía. Nació una madrugada de invierno, los ojos abiertos, grandes, verdeazules, redondos, estáticos, asustaron a su padre, en cambio su madre se sintió feliz por haber tenido otro hijo, y porque había experimentado un parto fácil, casi sin dolor, el mejor, como a ella le gustaba contar.
Renato se acostumbró a dormir sobre el pecho de su madre y muchas noches, se oía un golpe que resonaba en toda la casa; era Renato que se había caído. La madre estaba acostumbrada a esa manía de su hijo pero no por eso dejaba de asustarse y con mucha delicadeza y mimos, lo recogía en sus brazos y lo amamantaba hasta que otra vez se quedaban los dos dormidos.
La unión madre-hijo, sencilla, natural, necesaria, se fue escondiendo a trozos, por la dictadura paterna que le fue arrebatando esa sensibilidad que posee todo ser humano capaz de enseñarla en público sin sentir bochorno. Así es como Renato Ucía creció escondiendo sus emociones y acatando la absurda y repugnante prohibición de no llorar tan sólo por ser varón, hasta el punto  que en su corazón se fueron formando grietas que confundían a las venas, que no sabían si la sangre tenía que subir o bajar, creando diminutos y espesos cristales como gelatina de frambuesa.
Cuando llora, aún hoy, lo hace en secreto, derramando litros de brillos opacos como la niebla, tristes como el humo...
Se ha acostumbrado a usar su coraza emocional para no diferenciar el tiempo de reír o de llorar.
Tal vez nunca nadie sabrá de sus heridas, de sus alegrías verdaderas, de sus emociones guardadas desde hace mucho tiempo, de sus culpas, del perdón a si mismo que se le escapa...                             
                 

martes, 20 de diciembre de 2011

CUENTO DE NAVIDAD




Los cuentos de Navidad siempre tienen final feliz ¿o no?.
Usamos la Navidad como un deber social de la nueva vida que pretendemos estrenar...
En Navidad podemos ¿tener mal humor?, esa rabia contenida esperando un milagro...
En Navidad podemos caminar en busca de la luz verdadera, investigando aquí y allá, algo que nos ayude a tomar la decisión postergada.
Los Cuentos de Navidad lo solucionan todo, al principio hay lágrimas, sufrimiento, y un final feliz casi obligado porque es ¿Navidad?. No es obligación, no es delito no abrazar en Navidad, no perdonar en Navidad...
Cualquier otro dia podemos abrazar, perdonar, estar contentos... Todos los dias son ideales, para abrazar, para perdonar, para pasear, parar ir de compras, para decir "te quiero".
Cualquier momento es perfecto para ponerle sal a la vida.
Todos somos buenos en Navidad o al menos lo intentamos, pero...¿y después?, la bondad, el acercamiento, la cooperación, las sonrisas, los besos, se han marchado ¿a tomar viento fresco?
Debemos superarnos cada dia, no hay que esperar a la Navidad para darnos la oportunidad que esperamos o para tomar la decisión aplazada.
Empecemos hoy. La Felicidad es para todos los dias.