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viernes, 24 de diciembre de 2010

LA LUZ DE LAS PUPILAS


Hoy he pensado en los ciegos, en la ternura de las pupilas de sus manos, invadiendo centímetro a centímetro el espacio del espejo, sonriendo ante el resplandor imaginado, descubriendo la humedad coloreada de sus ojos, el carácter de sus suspiros, el símbolo de sus gestos.
Pasear por el espejo para un ciego es ¿entrar por primera vez en una catedral? no basta el asombro para aceptar la armonía, para gozar con la música del silencio o descubrir la belleza oculta. Quizás es como visitar un jardín antiguo y frondoso, o como parar el tiempo, justo ahí en el instante súbito.
Apoyar las manos, los labios sobre la superficie helada del espejo es como oler la naturaleza, a veces un escándalo o emprender un esperado viaje.
Cuando un ciego se acerca, el espejo se estremece de alegría, de amor, es una escalera al sol, es el pregón de los pensamientos, es el tiempo de un enamorado. Son los sentimientos de la vida, es el regreso a la paz, es el sonido de Dios.
Cuando un ciego le regala su presencia al espejo ya nada es extraño.

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