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martes, 21 de diciembre de 2010

EL COLEGIO


Mis primeros años de educación escolar los hice en un colegio de monjas a las que nunca vi con alegría. Esos trajes negros, los rostros serios, pero sobre todo aquellos ojos que retenían llamadas de auxilio presas en el tiempo, incrustadas en sus corazones, me daban miedo pero también tristeza. No recuerdo sonrisas, no recuerdo esa lucecita que tienen algunas miradas cuando dejan abierta la puerta del alma.
Cuando se sonríe de verdad, los ojos son los primeros protagonistas porque el gozo verdadero fluye desde adentro, a borbotones.
Ellas, enlutadas por dentro y por fuera se paseaban sigilosas por los diferentes patios del colegio buscando a la señorita disciplina que muy de vez en cuando se tomaba algún dia libre.
Durante muchísimo tiempo, incluso siendo ya adulta, me he negado a ver algo bueno o altruista en las monjas de los colegios.
Ahora mi visión ha cambiado, he aprendido a conocer a Dios de la mano de Dios.
Quizás aquellas mujeres se sentían heridas, no se atrevían a mirarse al espejo, acosadas por los enemigos de la mente, ese peso enorme del ego.
Les faltaba comunicación con el Espíritu Santo.
Les faltaba Amor.

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